San Sánchez

Escrito a las 10:50 am

Nuestra ingratitud no tiene límites, y persistimos en dar la espalda e incluso criticar a los que, en su infinita bondad, sólo piensan en nosotros, en nuestra libertad y en nuestros derechos.

Un ejemplo es San Sánchez, que ha decidido que ninguna Paulita Naródnika arrebatará a los socialistas el título de los grandes populistas de España, que ahora disputan con Barbie y sus secuaces.

¡Milagro, milagro!

La moralización de la política es imprescindible para legitimar su coacción, y San Sánchez aseguró que el nuevo artículo 135 de la Constitución, que sostiene que el pago de los intereses de la deuda pública gozará de prioridad, “ofende la moral de la izquierda”.

Cuestionar compromisos de deuda pública comporta efectos nocivos para la población, pero el santo, como si lo intuyera, acometió el habitual milagro político de prometer una cosa y la contraria. Tras poner en cuestión la seguridad jurídica, y tratar a la Constitución como si fuera papel mojado o papel intercambiable conforme soplen unos vientos u otros, mutó en estadista y anunció: “los socialistas garantizamos el pago de la deuda pública”.

A continuación, y olvidando las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del fariseo y el publicano, lo que no queda muy bonito en un santo, aseguró que él es bueno y disciplinado, no como esos populistas publicanos naródniki, prestos a poner en peligro la solvencia de España “con la idea de no pagar la deuda o calificar un tipo de deuda como legítima y otra como ilegítima”. Ay, ay, San Sánchez. En fin, para la próxima vez, aquí la referencia: Lc 18, 9-14.

Todo blindado menos…

No hubo topicazo antiliberal al que no recurriera Sánchez, como el de la “voracidad de los mercados”, metáfora curiosa que sugiere que allí donde no hay mercados brillan el respeto por el prójimo, el ayuno y la contención.

Y añadió otra bonita consigna progresista: el blindaje de los derechos. Quiere cambiar la Constitución para blindar los derechos a la educación, la sanidad, las pensiones, la dependencia…todo blindado.

¿Todo? En realidad no. El gasto público, como saben los sufridos contribuyentes, no es gratis: las promesas de los políticos –y Sánchez, por ejemplo, quiere duplicar el peso del gasto en educación pública sobre el PIB en dos legislaturas– son pagadas por los ciudadanos. ¿Cómo conseguir que compren la averiada mercancía interevencionista que identifica coerción con bendición? Aquí entra en acción el viejo truco: el gasto público lo pagarán…¡otros! ¿Quiénes? Los asquerosos ricos.

Mentira, mentira: no hay manera de financiar el gasto público quitándole el dinero a los ricos, porque no alcanza, incluso aunque el Estado pretendiese expropiarles todo lo que tienen, cosa que, por cierto, no se puede lograr, porque una cosa es un rico y otra cosa es un idiota.

Pero el mensaje se repite, con bulos como que estamos amenazados por “los intentos privatizadores”, que ya me gustaría, o que no puede ser que “las 20 personas más ricas tengan tanto como el 30 % más pobre”, como si los pobres fueran a mejorar automáticamente aumentando aún más la fiscalidad sobre los ricos.

Y así siguiendo con más y más recortes de derechos y libertades, que demuestran que San Sánchez quiere blindar todo…menos a los ciudadanos, claro. Quiere blindar el poder, y exponer a sus súbditos.

El pueblo unido, etc.

El esquema del santo, por tanto, apunta a ejercer una violencia mayor sobre los españoles y las españolas. El progresista estándar dirá: no es violencia, es justicia. De ahí que los enemigos de la libertad jamás se ven a sí mismos violentando al prójimo. Un ejemplo lo dio el propio San Sánchez, muy irritado con Podemos por atribuirse el asalto a las sedes del PP el 11-M, genuina criatura socialista.

Y es que cuando los infinitamente buenos nos atacan y nos atracan, lo hacen por nuestro bien, y no sólo no debemos quejarnos sino que debemos aplaudir. Y si hay víctimas, se siente. Ya se sabe que no se puede hacer una tortilla sin romper huevos, como dijo ese pro-hombre del blindaje de los derechos humanos, Robespierre.

(Artículo publicado en El Espectador Incorrecto, Nº 2, suplemento de Actualidad Económica, marzo 2015.)

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