Artículo en Expansión.

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Publicado en Expansión, 9 enero 2012.

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Los habituales reproches antibritánicos a raíz de la cumbre “refundadora” de Europa me hicieron recordar la frase más polémica de Margaret Thatcher: “no hay tal cosa como la sociedad”. Bob Low aclaró en la revista  Standpoint el origen de la frase, que apareció en una entrevista en Woman’s Own en 1987. Esto dijo la señora Thatcher: “Hemos atravesado un periodo donde a demasiados niños y a demasiada gente se les ha hecho pensar de esta forma: ‘¡tengo un problema, la labor del Estado es resolverlo!’. O ‘¡tengo un problema, conseguiré un subsidio para resolverlo!’. O ‘¡No tengo vivienda, el Estado debe dármela!’. Al hacer eso trasladan sus problemas a la sociedad, y ¿quién es la sociedad? No existe tal cosa. Lo que existe son hombres y mujeres individuales, existen las familias. No hay Estado que pueda hacer nada sino es a través de las personas, y las personas se preocupan primero de sí mismas”.

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Cuando nuestros políticos se proclaman amigos de la igualdad, se refieren a  una bella noción liberal que han secuestrado y distorsionado hasta volverla irreconocible y hasta convertirla en un ariete del poder para quebrantar la libertad y los derechos de las personas.

Leí lo siguiente en el manifiesto de los autodenominados “Economistas frente a la crisis”: “Habitualmente, las crisis económicas ponen en cuestión principios comúnmente aceptados por los economistas. Lo asombroso de la crisis actual, de una profundidad y una trascendencia social enormes, es que no parece influir sobre el pensamiento económico. Se siguen asumiendo como principios irrefutables un conjunto de proposiciones que, día a día, entran en abierta contradicción con la realidad”.

El candidato socialista ha declarado: “me voy a partir el pecho por los emprendedores”. Replicará usted: ¿qué importa lo que diga Alfred l’Écoutant? Una persona que proclama que el Impuesto sobre el Patrimonio grava a “los ricos” y a “las grandes fortunas” o ignora, o engaña, o se engaña. Y que cada cual juzgue a Monsieur l’Écoutant como mejor o peor le parezca. Es, por tanto, razonable argüir que si asegura que se va a partir el pecho por los emprendedores, pues no le hacemos caso, y ya está. ¿No?

Asocio cariñosamente a Alfonso Guerra con una infrecuente predicción acertada. Hace casi 30 años afirmó que él estaba en la política de paso, y que su verdadera vocación era ser profesor. Yo, que entonces ya era profesor, le dije a mi mujer: “este no va a ser profesor jamás, porque nunca le compensará abandonar los privilegios de la política por la vida docente”. Y ahí sigue el hombre, en la política; ahora subraya, como le dijo a Joseba Elola en El País: “yo quizás tendría que haberme dedicado a otra cosa” pero de “adolescente descubro que este es un lugar en que un régimen reprime. Y entonces me comprometo”. Comprometido contra el régimen, claro. Y después.

Debía correr el año 1977. La escena tuvo lugar en el llamado Pabellón Prefabricado de la Facultad de Económicas de la Complutense, en Somosaguas. Aún existen, ambos. Sigue siendo facultad la Facultad y sigue siendo prefabricado el Prefabricado. Al final de una de sus clases de doctorado, el catedrático de la asignatura entonces llamada Historia de las Doctrinas Económicas le preguntó a su profesor ayudante: “Oye, Chus, ¿quién es ese alumno argentino izquierdista que se sienta siempre en una esquina?”. El catedrático era Pedro Schwartz, el esquinado estudiante argentino de izquierdas era yo, y el profesor ayudante era el economista asturiano Manuel Jesús González, que acaba de morir.

Arturo Pérez-Reverte dirigió desde El Semanal una crítica al presidente del Gobierno que parecía tan dura que incluso enemigos del socialismo la consideraron excesiva, irrespetuosa e injusta. No les faltaba razón: lo que les faltaba era haber leído el artículo completo.

Sospecha Theodore Dalrymple en su notable libro Not with a bang but a whimper que la arrogancia de los ateos que lo fían todo a la razón conduce en el mejor de los casos a Thomas Gradgrind y en el peor a Stalin. Dice que lamentar la religión, tan típico de la modernidad, es lamentar la civilización, sus logros, monumentos y legados. Y la falta de fe puede vaciar al mundo de contenido y desembocar en efectos nocivos para la personalidad, como por ejemplo terminar con la gratitud y sustituirla por un sentido de entitlement: tener derecho a todo y no dar gracias por nada.

El adjetivo que con más frecuencia se ha añadido al mercado en estos últimos años es el de dictadura. Al parecer, vivimos sometidos a su autoridad despótica. Incluso los gobiernos, los Estados, supuestos monopolistas de la violencia legítima, son corderos obedientes ante los dictados de los mercados. Hay que recuperar la política, se nos advierte a derecha e izquierda, para acabar con los malvados especuladores y para poner por fin al país al servicio de todos y no de un puñado de privilegiados. Pues bien, concluyamos esta serie estival e hipotética imaginando que tan ansiado escenario es finalmente logrado: hemos terminado con los mercados y sus despóticos dictados. ¿Qué pasaría?

El médico y escritor inglés que escribe bajo el seudónimo de Theodore Dalrymple ha sido glosado a menudo en este rincón (véase Panfletos Liberales II, LID Editorial Empresarial, 2010). Acabo de terminar otro admirable libro suyo: Not with a bang but a whimper, cuyo título toma la última línea del poema The hollow men, Los hombres vanos, de T.S.Eliot: This is the way the world ends/Not with a bang but a whimper, Y así se acaba el mundo/No con un estallar, con un sollozo.

Uno de los aspectos que más simpatías suscitó del movimiento llamado del 15-M es que ostensiblemente parecían no imponer sus decisiones de modo dictatorial sino que, al contrario, eran el ejemplo mismo de la participación democrática: todo lo decidían votando en asambleas. En una época desencantada con la democracia, en tiempos en los que apenas votamos una vez cada cuatro años, si es que decidimos hacerlo, porque la abstención es uno de los grandes “partidos” de hogaño, los llamados “indignados” nos estaban dando a todos una lección de democracia real, es decir, verdaderamente participativa. Se nos dijo que todos deberíamos seguir su ejemplo. Pensemos, pues, que lo hacemos. ¿Qué pasaría si todos participáramos activamente en la democracia?

De todos los quince escenarios conjeturales que contemplamos en esta serie, este podría ser calificado como el más sencillo. En efecto, la situación financiera de la sanidad española es alarmante, no porque represente una suma demasiado abultada en términos de volumen (es inferior al promedio de la Europa de los Quince), sino porque su crecimiento ha sido espectacularmente acelerado en años recientes.

No hay objetivo que suscite más unanimidad entre políticos, sindicalistas, intelectuales, artistas y todo el vasto continente de la corrección política que la eliminación de los paraísos fiscales. Allí reside todo el mal, porque allí “lavan” su (obviamente sucio) dinero los criminales más desalmados, y también porque allí depositan fondos los asquerosos ricos, en lugar de tenerlos aquí al alcance de las autoridades.

La penuria de la Hacienda Pública ha sacado a la luz algo que la prosperidad había ocultado: el tamaño de la Administración. De pronto hemos percibido que hay más de 8.000 ayuntamientos, cuando es evidente que no son imprescindibles, visto el esquema político territorial de otros países, y sobre todo si observamos lo que las administraciones, todas ellas, hacen en la práctica: su ineficiencia, su despilfarro, su amiguismo y su corrupción. Los cánticos a favor de la reducción del número de ayuntamientos y de la contención de la burocracia arrecian en nuestro país desde la derecha en particular, pero se trata de una reivindicación que pueden compartir y de hecho comparten muchas personas de las formaciones políticas y las ideologías más diversas. Supongamos, pues, que este anhelo por una mayor eficiencia en las Administraciones Públicas se concreta. ¿Qué pasaría si hubiera menos ayuntamientos, incluso menos Comunidades Autónomas, y menos burocracia, trámites y papeleos?

El corporativismo, es decir, el papel relevante en el funcionamiento político de organizaciones jerarquizadas y dependientes del Estado, que les concede cualidades representativas, es una criatura fascista. Asombrosamente, no solo perdura sino que los gobernantes de todo tipo se afanan en fomentarlo.

La reciente crisis económica ha planteado por primera vez una posibilidad que ha sido acogida con gran inquietud y desasosiego: el fin del euro. Las hecatombes bancarias y sobre todo los rescates de los países con más dificultades, como Grecia, Irlanda y Portugal, han animado esa preocupación y a la vez han desatado una corriente de opinión cada vez más consolidada, que podemos resumir en la consigna: ¡salvemos el euro!

Nuestra legislación laboral es fuertemente proteccionista. Esto no se debe en exclusiva a que derive de la dictadura franquista, aunque también. En realidad, desde hace un siglo existe todo un cuerpo de derecho, denominado Derecho del Trabajo, que es un derecho tuitivo, que parte de la base de que el trabajador está en una posición subordinada frente al capital, y que por tanto necesita el amparo legal para compensar esta desventaja y arribar a una situación justa.

Se supone que la separación de poderes es garantía de libertad. Dado que hemos perdido la segundo en campos importantes en nuestro tiempo, hay quien insiste en que la solución de nuestros problemas pasaría por recuperar la primera.

El Estado del Bienestar define la sociedad democrática contemporánea. Ningún político de ningún partido de ningún país propone suprimirlo, y los que quieren contenerlo o reducirlo lo hacen sólo por razones presupuestarias: es que no hay dinero, dicen. Pero liquidar, lo que se dice liquidar, nadie quiere liquidar el Estado del Bienestar.

Pasa el tiempo, pero no mis manías. Como todos los veranos, aquí van perlas andaluzas cultivadas en el mismo necio intervencionismo que predomina en cualquier otra parte.

Es habitual lamentar la injusticia de nuestro sistema fiscal. Se dice que recae excesivamente sobre los que ganan menos, y se apunta que lo más justo sería aliviar o liberar a la gente corriente, las llamadas clase media y clase baja, de las incursiones punitivas de la Agencia Tributaria, y concentrar la presión impositiva sólo sobre los más ricos.

Hoy no hay político que no presuma de transparente o que no quiera alcanzar la transparencia como el gran objetivo que debería presidir la acción de las autoridades, desde las Naciones Unidas hasta el municipio más deshabitado y remoto. Pero ¿qué pasaría si el Gobierno fuera completamente transparente?

Un privilegio es una ley privada, lex privatum. Así lo define el DRAE: “Exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia”. Siempre podemos encontrar casos en donde los privilegios estén justificados, y en teoría no tienen por qué padecer connotaciones peyorativas, pero en la práctica hemos asistido en nuestro tiempo a un creciente descrédito de los privilegios, en primerísimo lugar de los políticos, pero también de los empresarios y últimamente de los sindicalistas. Hay quien ha sugerido que habría que suprimirlos. ¿Qué pasaría si los políticos, los empresarios y los sindicalistas no gozaran de privilegio alguno?

La crisis económica y su gestión han animado una creciente hostilidad hacia la banca. No es que los banqueros sean habitualmente personajes idolatrados. Al contrario, el prestamista suele ser presentado más bien con los turbios colores de Shylock en El Mercader de Venecia; cuando aparece uno bueno, como George Bailey en ¡Qué bello es vivir!, el público es convenientemente ilustrado para que comprenda que el banquero, lo que se dice el banquero, es sólo el cruel y desalmado señor Potter.

El bipartidismo no ha tenido buena prensa entre nosotros, pero en los últimos meses mucho menos. Los llamados “indignados” lo han utilizado como uno de los objetivos a batir para lograr la “democracia real”. A primera vista, las críticas parecen más que justificadas. Para empezar, el bipartidismo es una gruesa simplificación de la sociedad moderna, caracterizada por una enorme complejidad y una vasta pluralidad de puntos de vista sobre los asuntos más variados. Si en cualquier discusión hay casi tantas opiniones como participantes, es absurdo pensar que ese abanico pueda ser genuinamente representado si se lo estrecha artificialmente hasta dejarlo reducido a solo dos opciones.

La historia conjetural tiene una antigua tradición, aunque más literaria que académica. Sólo en décadas recientes se han planteado los historiadores profesionales, especialmente en el campo de la historia económica, la pregunta que para Arnold Toynbee no tenía sentido alguno, a saber: “¿qué habría sucedido si no hubiese sucedido lo que sucedió?”. El ejercicio que presentamos en esta serie que empieza a publicarse hoy en Expansión no es literario ni técnico, sino lúdico y estival. Es conjetural, eso sí, y con la temeridad adicional que comporta el mirar hacia adelante. No pretende, en efecto, escudriñar el pasado y pensar en cómo viviríamos hoy si el ayer hubiese sido distinto, sino asomarse al porvenir y preguntar cómo podría ser ese futuro si quince ideas y propuestas llamativas o provocadoras, varias de las cuales hemos visto planteadas en tiempos presentes, llegaran a concretarse.

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Editorializó tontamente El País: “Tal vez los islandeses sean los únicos insumisos de la Ley Universal del Cinismo Neoliberal: privatizar los beneficios y socializar las pérdidas”. Pero sólo hay una forma de hacer esto: mediante la intervención de un Estado que viole todo principio liberal. La realidad es la contraria de la que pregonan los idólatras de Islandia. En ese país no hubo liberalismo sino intervencionismo, en especial en la moneda, organizada mediante el intervencionismo de la banca central, que sí puede privatizar beneficios y socializar pérdidas. Es lo que hicieron los políticos islandeses y su Banco Central.

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P. Bagus y D. Howden demuestran en su libro Deep Freeze que la crisis islandesa fue producto de la intervención, no del mercado. Una clave de esa intervención fue la idea de que los tres grandes bancos, Kaupthing, Glitnir y Landsbanki, eran demasiado grandes para quebrar. Quebraron, pero grandes eran: sus activos equivalían en 2007 a once veces el PIB.

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La izquierda, habitualmente huérfana de ejemplaridades edificantes, ha encontrado por fin la Tierra Prometida: Islandia. Ahí tenemos el espejo progresista, ahí la brújula solidaria que señala el glorioso camino a la famélica legión víctima del liberalismo sañudo. Como dice el tango: mentira, mentira.

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Si el empresario lo fuera de nacimiento, la educación no tendría importancia en su surgimiento y ejecutoria, que dependerían de su origen social y familiar. Afortunadamente, el espíritu empresarial no se hereda, como tampoco la inteligencia, algo que siempre ha tranquilizado sobremanera a mis hijos.

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Como sucede siempre que muere un intelectual que no sea liberal, Ernesto Sábato fue saludado por su “compromiso”. Esto es un clásico. Pero, por otro lado, algunos se enteraron de que Sábato había ido con Borges y otros escritores a almorzar con el general Videla en 1976: elogió entonces al dictador y respaldó el golpe militar. Caramba, ¿qué está pasando aquí?

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Hace unos años, el Independent Institute de Oakland, California, publicó un libro de Robert Higgs, economista y senior fellow del Instituto, bajo el título: Against Leviathan. Government Power and a Free Society.

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Stéphane Hessel condensa en ¡Indignaos! (Destino) los tópicos del pensamiento único. Empieza con una divinización de la Resistencia francesa, cuyas sombras denunció Tony Judt en Pasado Imperfecto (Taurus). Perdón, empieza antes con un prólogo de José Luis Sampedro, que también se inventa un pasado en el que “soporté una dictadura” –algún día, quizá, alguien explore su biografía y describa exactamente qué atrocidades debió soportar este héroe durante el franquismo–.

Philipp Bagus, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos, publicó recientemente  The Tragedy of the Euro (Ludwig von Mises Institute, 2010). Su maestro, Jesús Huerta de Soto, subrayó que la existencia del euro comportaba un ingrediente de austeridad ante la crisis que no existiría sin él, porque sin el euro ya habríamos tenido varias devaluaciones. Pero Bagus opina que la moneda europea no es estable y que la Unión se encamina hacia horizontes inflacionarios y redistributivos.

Crítica de Inside Job, en Expansión, segunda parte.

La película Inside Job acierta en que hubo engaños y estafas, en que las medidas adoptadas no evitarán crisis futuras y en el trasiego entre banqueros y políticos, pero la realidad de un sistema intervenido y alejado del mercado libre no es explicada. Por ejemplo, se pone a caer de un burro a las tres agencias de calificación, y me parece bien, pero no se dice que son sólo esas tres porque así lo decidió el poder político.

Crítica de Inside Job, en Expansión, primera parte.

Inside Job presume de explicar el secreto interior de las cosas, pero no lo hace.

Mi último artículo en Expansión, con el título: ¿Privatizar lo social? ¿Más?

Este notable titular presidió un reportaje en El País hace algún tiempo. Los interrogantes eran retóricos, porque el diario no pretendía preguntarse nada, sino aseverar que los gastos llamados sociales –educación, sanidad, pensiones y otras prestaciones del Estado del Bienestar– son en realidad privados, y lo son en tal grado que no es recomendable que lo sean aún más.

Mi último artículo en Expansión, con el título: Cruzados misóginos y enemigos de los pobres

Es muy curioso que los socialistas estén tan preocupados por la subordinación de las mujeres a los hombres, y no les preocupe nada la concreta y creciente subordinación de las mujeres y los hombres al Estado.