11 – ¿Qué pasaría si hubiera menos ayuntamientos, burocracia, etc.?

Escrito a las 1:43 pm

La penuria de la Hacienda Pública ha sacado a la luz algo que la prosperidad había ocultado: el tamaño de la Administración. De pronto hemos percibido que hay más de 8.000 ayuntamientos, cuando es evidente que no son imprescindibles, visto el esquema político territorial de otros países, y sobre todo si observamos lo que las administraciones, todas ellas, hacen en la práctica: su ineficiencia, su despilfarro, su amiguismo y su corrupción. Los cánticos a favor de la reducción del número de ayuntamientos y de la contención de la burocracia arrecian en nuestro país desde la derecha en particular, pero se trata de una reivindicación que pueden compartir y de hecho comparten muchas personas de las formaciones políticas y las ideologías más diversas. Supongamos, pues, que este anhelo por una mayor eficiencia en las Administraciones Públicas se concreta. ¿Qué pasaría si hubiera menos ayuntamientos, incluso menos Comunidades Autónomas, y menos burocracia, trámites y papeleos?

Aunque es evidente que la Administración podría y debería reducirse, aumentar su eficiencia, eliminar duplicidades, gastos diversos, etc., la tentación es apresurarse a concluir que en dicho escenario se cumplirían los pronósticos más optimistas del Dr. Pangloss: viviríamos en el mejor de los mundos posibles, un mundo con menos dependencias y organismos públicos y sobre todo con un trato más directo y amable con los gobernantes, que no estarían pidiéndonos papeles e impresos rellenados todo el rato. ¡Qué maravilla!

Problema: no hemos redefinido en absoluto la naturaleza del poder del Estado y sus diferentes niveles administrativos. Nos hemos perdido en la forma de la opresión política y hemos olvidado el fondo.

El énfasis en la simplificación de los trámites pasa por alto una circunstancia del todo evidente: son cada vez más sencillos. Es absurdo seguir imaginando la burocracia como el señor mayor con manguito y cara de pocos amigos. Ahora el Estado no hace más que sonreír y facilitarnos las cosas…siempre que obedezcamos, callemos y paguemos. Para que nos facilite las cosas en casos de violación de la ley, entonces debe calcular él que le conviene hacerlo, tal como ha sucedido recientemente: al Gobierno le convino dejar a unos acampados que violaran ilegalmente espacios públicos en toda España: ni usted ni yo lo habríamos podido hacer sin ser expulsados de inmediato.

Pero, aparte de su conveniencia política circunstancial, el Estado es fundamentalmente amable, y el papeleo y los trámites son cada vez menores. Incluso en los lugares en donde aún subsistían las colas de horas y horas, una típica y humillante señal de sometimiento, el propio Estado se las ha ingeniado para acabar con ellas. Y todo este movimiento en pro del acercamiento de la Administración a los ciudadanos, y de la supresión de dificultades a la hora de tratar con nuestros gobernantes, ha tenido lugar al mismo tiempo que el nivel de invasión del Estado sobre las vidas y libertades del pueblo ha alcanzado niveles inéditos. Es que el Estado que nos facilita los trámites por internet es el mismo Estado que ha subido los impuestos como nunca en nuestra historia, y que se inmiscuye como nunca antes en nuestra vida cotidiana, desde nuestros alimentos hasta nuestro tabaco.

Por tanto, el énfasis en la reducción de la Administración y sus trámites es un equívoco, análogo a la tonta pretensión de resolver los problemas de la economía española nombrando a un ejecutivo como ministro de Economía, como si el problema básico fuera un problema de gestión, y no de libertad.

En suma, un Estado con menos ayuntamientos y menos burocracia puede ser tan violador de las libertades ciudadanas como el actual. O más.

(Paréntesis para blogueros. Escribí este artículo antes de conocer el ajuste de la señora de Cospedal. Me reafirmo aquí en mis argumentos: presentado como un plan para salvar a nuestra patria, lo que estos “duros recortes” salvan en realidad es a la propia Administración Pública, a la que le quitan parte de la “grasa” que tiene, pero a la que dejan en su función redistributiva sin tocarle una coma. La naturaleza del poder del Estado es idéntica antes y después de estos recortes.)

 

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