Dalrymple y un sollozo

Escrito a las 1:55 pm

El médico y escritor inglés que escribe bajo el seudónimo de Theodore Dalrymple ha sido glosado a menudo en este rincón (véase Panfletos Liberales II, LID Editorial Empresarial, 2010). Acabo de terminar otro admirable libro suyo: Not with a bang but a whimper, cuyo título toma la última línea del poema The hollow men, Los hombres vanos, de T.S.Eliot: This is the way the world ends/Not with a bang but a whimper, Y así se acaba el mundo/No con un estallar, con un sollozo.

Es un conjunto de ensayos sobre la decadencia de nuestra civilización, agrupados en dos partes. En la primera, “Artistas e ideólogos”, aborda las increíbles bobadas de Steven Pinker en su célebre libro The language instinct. Un respeto para los profesores españoles, porque don Steven es catedrático de Harvard y no ahorra estupideces; alega por ejemplo que no hay un lenguaje correcto, y no es cierto que las personas menos educadas hablen un lenguaje más simple y tosco que el resto. Brilla Dalrymple cuando demuestra que el relativismo lingüístico es aliado ideológico del relativismo moral.

Tras demostrar que el Dr. Johnson supera a Voltaire, y analizar la compleja personalidad de Arthur Koestler, aborda el caso de Ibsen y su ataque contra el matrimonio. Cree Dalrymple que en ese ataque estriba el éxito del dramaturgo noruego, cuya sabiduría califica de inferior a la de Johnson, que dijo: marriage has many pains, but celibacy has no pleasures. Dice que rechazamos la imperfectibilidad del mundo real, que es intelectualmente más exigente que la utópica creencia en una perfección alcanzable mediante principios sencillos, “lo que explica por qué el conservadurismo es mucho más difícilmente reducible a eslóganes que sus mucho más abstractos competidores”.

Dalrymple concluye que la popularidad de Ibsen estriba en el ansia de encontrar esos principios elementales que acaben con todos los males humanos. Entre ellos está la peligrosa arrogancia progresista de cuestionarlo todo y no aceptar ninguna sabiduría pasada: de ahí la negación de las tradiciones y convenciones. En este contexto pueril donde priman “las preferencias sobre el deber, los derechos sobre las responsabilidades, el ego sobre las reivindicaciones de los demás…no sorprende que para Ibsen la fuente de la sabiduría fuese la juventud y no la edad avanzada”.

 

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