Interpretación incorrecta de “Trumbo”

Escrito a las 8:43 am

La excelente película Trumbo admite dos interpretaciones de su mensaje político: la correcta y la incorrecta.

La forma políticamente correcta de ver la película es la que se nos quiere transmitir: la antigua idea de que Estados Unidos fue un país represivo y totalitario a la hora de tratar con los comunistas, personas no solo inocentes sino bondadosas.

El extraordinario guionista Dalton Trumbo es presentado como un activista político que defiende los sindicatos de trabajadores, la igualdad salarial y los derechos civiles, y el comunismo es exhibido como análogamente benéfico. Quizá el momento más exagerado es cuando la hija pequeña de Trumbo le pide que le explique qué es el comunismo, y el escritor se lo resume con la palabra “compartir”, como si fuera la Madre Teresa de Calcuta.

La interpretación políticamente incorrecta parte de ese punto máximo al que llega una manipulación que en realidad recorre toda la película, que defiende el comunismo con destreza. Así, incluye un aparente reconocimiento de aparentes defectos: algunos comunistas son demasiado idealistas o algunos, como el protagonista, son muy ricos. Hay poco más. En cambio, en los otros sí que hay más, los otros son malos porque creen que hay que combatir el comunismo: la película, aunque reconoce la debilidad de los demócratas, se esmera en aclarar que los malos más bestiales son de derechas, como John Wayne y Ronald Reagan. Al primero incluso se le señala como un cobarde que no luchó por su patria, al revés que los patriotas comunistas.

Son tan buenos los comunistas que al final perdonan incluso a Edward G. Robinson, que los había delatado, pero, en fin, pelillos a la mar y, como dice Trumbo en un beatífico discurso final, es el sistema el que ha dañado a todos. El sistema norteamericano, claro, el sistema capitalista.

Es sin duda verdad que las autoridades estadounidenses reprimieron injustamente a mucha gente por sus ideas, y es verdad que Trumbo estuvo once meses en la cárcel injustamente, y fue injustamente colocado en la infausta “lista negra de Hollywood” con una decena de colegas a los que se pretendió (sin éxito) dejar sin trabajo.

Pero el comunismo fue una amenaza real para la paz y la libertad en todo el mundo. De modo muy inteligente en Trumbo sólo aparecen durante un segundo los ejecutados Julius y Ethel Rosenberg, que pasaron secretos militares norteamericanos a Rusia; resulta complicado definirlos como idealistas progres y pacifistas, puras víctimas de una intolerante caza de brujas (cf. “Sombras del macartismo”, Expansión, 17 noviembre 2003).

Y, por supuesto, hablando de represión e injusticia: ¿qué les sucedió a los intelectuales que defendieron la libertad en los países comunistas? Su destino fue incomparablemente más adverso que el de la “lista negra” de Hollywood. Y han sido reivindicados en incomparablemente menos películas.

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