Economistas pioneros del progresismo dudoso (I)

Si hay algo que enseña la historia de las ideas es que no hay disparate que no haya sido recomendado antes. Un reciente libro de Thomas C. Leonard, profesor de Economía en la Universidad de Princeton, ilustra sobre el deplorable papel de los más destacados economistas estadounidenses hace cien años: Illiberal Reformers. Race, Eugenics & American Economics in the Progressive Era, Princeton University Press, 2016.

Los pioneros del progresismo sucedieron a finales del siglo XIX a los reformadores sociales. Mantuvieron su impulso fundamental, que era la idea de cambiar la sociedad mediante la coacción política y legislativa, pero la extendieron considerablemente, brindándole el aval de la ciencia, incluida la ciencia económica. Así, la American Economic Association, creada en 1885 con luminarias tales como Fisher, Ely, Commons, Seligman y otros, tenía como objetivo ese cambio social, que compartían muchos intelectuales y políticos tan célebres como el juez Oliver Wendell Holmes, políticos como Theodore Roosevelt o Woodrow Wilson, o expertos en la administración científica como F. W. Taylor.

Era un movimiento antiliberal. Ya entonces creían los progresistas que el mercado “producía ineficiencia, inestabilidad, desigualdad y tendía hacia el monopolio”. Ya entonces cayeron en la ingenuidad de creer que el Estado era un agente benévolo y sabio que podía corregir los defectos de los ciudadanos. Conviene recordar la relevante influencia que tuvo entonces la intervencionista Escuela Histórica Alemana en la formación de los economistas norteamericanos, que solían despreciar el liberalismo como una deficiencia inglesa, moralmente sospechosa y técnicamente ineficiente. La bestia negra de los progresistas entonces era William Graham Sumner, cuyas ideas glosé hace poco aquí en EXPANSIÓN (https://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/el-hombre-olvidado/).

Esos primeros economistas progresistas fueron fundamentales para racionalizar el gran cambio en el Estado americano, con la enmienda 16, que permitió el impuesto sobre la renta, y la idea de que hay que pagar impuestos porque somos parte del Estado, o el Estado es parte de cada uno de nosotros: nos debemos a él igual que a nuestra familia. Esta idea siniestra y totalitaria empezó a recorrer entonces el mundo, y subyace al auge del fascismo y otras variantes del socialismo; también explica por qué antes de la Segunda Guerra Mundial políticos como Mussolini y Franklin Roosevelt se expresaban pública y recíproca admiración. La modificación del Estado en EE UU fue muy notable: en 1880 el 90 % de la recaudación era indirecta (56 % aranceles y 34 % sobre tabaco y alcohol). En 1930 el income tax representaba el 60 % de la recaudación total.

Es verdad que el discurso antiliberal y antiempresarial, demagógico e intervencionista floreció en los años 1930, pero fue sembrado antes, y fue sembrado por economistas progresistas, antiliberales y paternalistas, cuyas ideas reaccionarias exploraremos en el siguiente artículo, pero cuyo sabor podemos anticipar con esta frase del célebre Irving Fisher: “el mundo consiste en dos clases –los educados y los ignorantes– y para el progreso es esencial que los primeros puedan dominar a los segundos”.