John Kay y Mervin King, paradigmas del establishment, como que King fue gobernador del Banco de Inglaterra, han llegado a la conclusión de que los economistas saben poco sobre el mundo y nada sobre su futuro, de modo que sus modelos teóricos supuestamente predictivos son inútiles. La exponen en su excelente libro: Incertidumbre radical. El arte de tomar decisiones ante un futuro incierto, Editorial Innecesaria.
Un nombre que repiten con insistencia para ilustrar su tesis es el de David Viniar, director financiero de Goldman Sachs, que en 2007 reconoció que los modelos de riesgo no explicaban lo que estaba pasando. Los genios económicos y financieros generaron unas consecuencias prácticas catastróficas porque sus modelos eran “incapaces de hacer frente a los acontecimientos fuera del modelo que son la causa típica de las crisis financieras: el problema de Viniar”.
Esto es extraño. Sin duda Viniar se equivocó porque, por usar el título del libro de Taleb, no consideró la posibilidad de que apareciera un cisne negro: “confió en que no podía suceder un suceso de veinticinco desviaciones típicas”. Eso sería como encontrar un ser humano de cuatro metros de altura, algo imposible. Pero los cisnes negros existen, y la economía no es predecible como la física, porque la incertidumbre, al revés que el riesgo, no es cuantificable. Las crisis financieras prueban todo esto. Pero no es el problema de Viniar.
El libro de Kay y King es sumamente valioso por su denuncia de las debilidades de la teoría económica. Aciertan en recuperar a Knight, Shackle y al Keynes escéptico sobre la medición numérica de la probabilidad; en criticar el positivismo friedmanita; en señalar la larga historia de predicciones apocalípticas fallidas en economía; en apreciar la sabiduría jurídica; y en valorar a los inversores realistas y con amplitud de miras, como Warren Buffett.
Lo que resulta extraño, sospecho, es que los autores hablan demasiado de Viniar y demasiado poco de los gobernantes. No son liberales, condenan el “fundamentalismo de mercado”, se burlan de Ayn Rand, y les gusta mucho más Obama que Thatcher. Quizá lo más revelador es que cuando recelan de “los banqueros”, casi nunca se refieren a los banqueros centrales, como si su papel en las crisis fuera meramente residual o auxiliador. Alguna mención al funcionamiento deficiente del sector público, alguna a los tipos de interés demasiado bajos, y poco más.
Pero la banca no es un sistema liberal sino uno profunda y profusamente intervenido por las autoridades. Al final, Kay y King reclaman para las finanzas una “regulación estricta” pero que evite “la pretensión del conocimiento”. No explican cómo cuadrar ese círculo. Y ese es su problema, no el de Viniar.