A finales del siglo XIX, Herbert Spencer observó: “Cuanto más mejora una situación económica o social, más arrecian las protestas sobre su empeoramiento”. La fofa corrección política nos brinda ejemplos que ratifican esa llamada Ley de Spencer. Así como clamó durante décadas sobre la pobreza y el hambre en el mundo, cuando estos indicadores mejoraban, ahora insiste en el dramático problema de los ricos y la desigualdad.
En el caso español refutó el bulo Julio Carabaña –https://bit.ly/3OFgjVa. Un economista e historiador sueco lo hace ahora para los los principales países desarrollados: Daniel Waldenström, Más ricos y más iguales. Una nueva historia de la riqueza en Occidente, Deusto.
Uno de los argumentos del profesor Carabaña subrayaba la baja desigualdad entre la riqueza de los españoles debida a la generalización de la propiedad de la vivienda. Waldenström lo repite y añade otra categoría: el ahorro en fondos de pensiones por parte de una población numerosa. Ambas circunstancias explican por qué, al reves de las jeremiadas que pregona el pensamiento único, la riqueza del planeta “está distruibida de forma cada vez más equitativa”.
Se desmontan con estadísticas las tesis de Piketty, darling del progresismo. En efecto, ni hubo un aumento desmesurado en la acumulación de riqueza en el siglo XIX, ni tuvieron las guerras un impacto tan grande a largo plazo en el XX. La riqueza no está dominada hoy por una élite, sino que “está compuesta principalmente por activos que están en manos de las clases media y trabajadora”. En el último siglo, “la concentración de la riqueza ha caído en picado en todo el mundo occidental”. A partir de los años 1980 aumentó en Estados Unidos, pero en el resto se mantuvo estable “en cotas históricamente bajas”. La novedad de nuestro tiempo no es sólo la mayor riqueza de los superricos sino la prosperidad de las personas con menos patrimonio, que “han experimentado un notable aumento en su participación relativa sobre la riqueza privada total”.
Antes de que los liberales lancen demasiadas campanas al vuelo, advierto de que Daniel Waldenström está lejos de ser un anarcocapitalista. No apoya la reducción de impuestos a las rentas altas, y sí el Impuesto de Sucesiones. Se opone a gravar la riqueza o el patrimonio, pero a su juicio “los impuestos sobre las rentas del capital presentan un enfoque más práctico y respaldado empíricamente para mitigar la desigualdad de la riqueza”.
Eso sí, aunque reconoce que la fiscalidad relativamente menos onerosa de Estados Unidos posiblemente esté detrás de su mayor desigualdad, también constata que ese esquema tributario no es ajeno a que el país “haya generado la mayor parte del desarrollo tecnológico y del crecimiento económico del mundo en la era de la posguerra”.