Huella liberal de Vargas Llosa

Gracias al profesor Leónidas Montes, director del Centro de Estudios Públicos de Santiago de Chile, he podido leer el libro de David Gallagher, Tras las huellas de Mario Vargas Llosa.

Los aficionados a la literatura, y a la obra del Nobel peruano, disfrutarán con este breve texto, porque Gallagher prueba ser un avezado crítico, y presenta excelentes análisis de las novelas de Vargas Llosa, en particular La ciudad y los perros y Conversación en la catedral. Hay otras páginas excelentes sobre grandes autores, como el contraste entre Flaubert y Proust, o el interés del arequipeño por Borges cuando, como bien dice Gallagher, no puede haber dos escritores más diferentes.

Me interesa subrayar hoy el aspecto político, importante en Vargas, de quien apunta Gallagher que fue liberal por el conocimiento de las debilidades que a todos nos aquejan: “Sabía que a nadie se le podía confiar demasiado poder”. El autor de esa notable novela contra las dictaduras que es La fiesta del chivo señaló que la política “saca lo peor que hay en el ser humano” y aplaudió a los pensadores liberales porque “son los que han ido más lejos en la defensa del individuo frente al monstruo moderno que es el poder”.

Pero Mario Vargas Llosa, como muchos otros liberales, incluido quien esto escribe, llegó al liberalismo desde la izquierda, y fue cautivado por la dictadura comunista cubana. Incluso en 1971 seguía defendiendo la revolución de Castro, aunque finalmente rompería con el socialismo “racional y colectivista”. Cuando decide, años más tarde, lanzarse a la política activa lo hace ya desde el liberalismo y la defensa de la economía de mercado, rechazando las certezas absolutas, sólo validas en lo estético, nunca en la política.

Destaca Gallagher que, en su obra, especialmente en La guerra del fin del mundo, “Vargas Llosa ha sido crítico de las utopías, considerando que su búsqueda es una de las principales fuentes de los fracasos de América Latina, de la incapacidad del continente de entregarse a los aburridos y pragmáticos hábitos que crean riqueza”, pero distingue las utopías colectivistas de las búsquedas individuales de mundos mejores o ideales, como la de Paul Gauguin frente a su abuela, Flora Tristán, en El paraíso en la otra esquina.

En efecto, una cosa es, por ejemplo, alabar la propiedad colectiva en un monasterio –o entre los apóstoles de Jesús, que siempre celebran los socialistas de todos los partidos– y otra cosa es imponerla por la fuerza a toda la sociedad.

Si los socialistas han suscitado adhesión e incluso admiración cuando acometieron esas catástrofes colectivistas es por una gran ventaja que resumió así Mario Vargas Llosa: “a diferencia del socialismo, el capitalismo jamás ha generado una mística”.