Sabemos lo que os conviene

El forzar a los pueblos a que vivan conforme a lo que piensan unos ilustrados de otras naciones ha irritado siempre a una minoría de liberales, y por eso William Easterly empieza su libro contra el capitalismo sin consenso, Salvadores violentos, con una cita del economista liberal norteamericano, William Graham Sumner, que protestó con sarcasmo frente a la colonización estadounidense de Filipinas en 1899: “Nosotros sabemos lo que os conviene mejor que vosotros mismos, y os vamos a obligar a hacerlo”.

La tradición liberal desconfiaba de esa posición, y por eso Constant, en línea con Smith, “se opuso a la intervención militar en otras naciones, incluso si era con el objetivo de extender la libertad”, y cuestionó por razones morales la idea de que “la mejora material era suficiente para probar el progreso”. James Mill, en cambio, en línea análoga a Condorcet, apoyó la colonización británica de la India; sucumbió a lo que iba a ser “una perpetua tentación liberal: optar por el colonialismo porque representaría buenos gobiernos necesarios para el florecimiento del comercio en las colonias”. 

En Estados Unidos, la colonización exterior vino precedida de la interior, porque los americanos colonizaron a los indios tras una tesis que la minoría liberal rechazó, a saber, que no tenían derecho a la tierra si no la cultivaban –otros liberales, en cambio, apoyaron las desamortizaciones con tesis similares. Entre los contrarios figuró una notable mujer, Lydia Maria Child, que unió su defensa de los indios con la de los derechos de las mujeres, y un indio Cherokee, David Brown.

El peso de los argumentos morales de los liberales se hizo presente cuando se opusieron a la esclavitud, rechazando de plano las tesis paternalistas que sostenían que los esclavos vivían mejor en las plantaciones americanas que en su nativa África. Otra mujer, Harriet Martineau, y el hijo de James Mill, John Stuart Mill, defendieron la liberación de los esclavos y también la asimilaron a la defensa de los derechos femeninos, frente a los reaccionarios estilo Carlyle –véase: “La economía como ciencia lúgubre. Un mito perdurable”, Claves, mayo 2001, disponible aquí: https://bit.ly/44M2TeC.

La idea de que hay razas, sexos o pueblos inferiores, a los que hay que “mejorar” mediante la coacción, elevando su nivel de vida, como si eso justificara la fuerza, estuvo muy extendida, lamentablemente también entre los economistas, que presumieron de haber alcanzado el rigor científico abandonando la moral liberal: “la lucha era entre el antiguo compromiso ético en pro de la libertad individual y el nuevo compromiso ético en pro de esfuerzos colectivos para reducir la pobreza”.

Este abandono de la libertad como ideal moral, y la noción de que políticos y expertos saben lo que nos conviene a todos, tendría consecuencias devastadoras.