El destacado periodista de The New Yorker, Patrick Radden Keefe, publica un nuevo éxito de crítica y público, que he leído por recomendación de Rosa Belmonte. El libro relata hechos reales que transcurrieron en Londres y lleva la capital británica hasta en el título: London Falling.
Hay un evidente juego de palabras que enlaza la caída del protagonista, el joven Zac Brettler, que se precipita desde lo alto de un edificio para morir en el Támesis, con la decadencia de la propia ciudad, aludida en el subtítulo original: una muerte misteriosa en una ciudad dorada y la búsqueda de la verdad de una familia –versión española en Seix Barral: El hijo del oligarca. Un joven impostor. Una tragedia familiar. Una ciudad devorada por la corrupción.
La tentación de antropomorfizar los órdenes complejos es comprensible, y antigua, pero no está claro de qué forma se corrompe una ciudad como tal, o una sociedad. Se corrompió Zac, mintiendo a discreción sobre una fortuna inventada y un padre ruso oligarca inexistente. Y los engaños y los engañadores parecen multiplicarse hasta la misteriosa caída de Zac, aún no resuelta, con tan solo diecinueve años.
Es cierto que la ciudad había cambiado mucho entonces, en 2019, con respecto a lo que había sido antes del auge económico promovido por las políticas liberalizadoras de Margaret Thatcher en los años 1980. La prosperidad fue patente, y atrajo a personas y capitales de todo el mundo, también a criminales rusos. Algunos se apresuran, hablando de saltar y de caídas, a saltar a las conclusiones, como dicen en inglés, a ponerse estupendos perorando sobre la capacidad corruptora del capitalismo salvaje. Más prudente, Rubén Amón escribió en El Confidencial: “el crimen parece una consecuencia del paisaje”. Pero los paisajes no mienten, ni roban, ni matan.
Dominic Green explicó el contexto en el Wall Street Journal: “La desregulación de los mercados financieros londinenses y la ola globalizadora de los 1990 inundaron la ciudad con dinero del exterior”. De eso cabe extraer hipótesis pertinentes, como el impacto sobre el mercado inmobiliario, que ciertamente registró una apreciable burbuja. Pero de ahí a sostener que la corrupción devora una ciudad, e incluso que ella tiene alguna responsabilidad en la comilona, hay un considerable trecho.
Recuerda Galeano que “había en Potosí ochocientos tahúres profesionales y ciento veinte prostitutas célebres”. La plata los financió. Obviamente, en el Polo Norte no hay prostitución ni juego. Ni nada. Pero de ahí no pueden brotar prédicas morales.
En cambio, el libro es estupendo en su descripción y análisis de una entidad fundamental en todo orden moral, porque analiza con percepción, comprensión y amplitud de miras, cómo reaccionó la familia de Zac ante su trágica caída.