Mitos energéticos

Las siguientes cuatro ideas parecen casi de sentido común: la eficiencia ayuda a reducir las emisiones; la degradación ambiental disminuye a medida que las naciones se vuelven más ricas; los sumideros de residuos, como los océanos y la atmósfera, tienen una capacidad ilimitada; y el sol genera suficiente energía para satisfacer las necesidades de la humanidad.

Pues bien, ninguna de estas afirmaciones es cierta. Es la tesis que defiende el ingeniero y empresario Vicente Padilla Gómez-Guillamón en su libro: Ballenas, elefantes, albatros y el efecto invernadero: Por qué la naturaleza limita la transición energética, que publica Guadalmazán, y que he leído por sabia recomendación de mi amigo David Jiménez-Blanco.

Debo decir que yo respaldaba las dos primeras ideas, compartidas por muchos otros economistas. Este volumen me ha hecho dudar, porque se centra en el problema de los residuos, y concluye, contra el sentido común, que “Marruecos genera menos basura que Noruega”. Incluso “la eficiencia es una maldición para el medio ambiente”, porque lleva lógicamente a una mayor producción, pero, mientras que la contaminación se puede evitar, los residuos no: “incluso sin contaminación, los residuos no desaparecen”. Y el problema estriba en que se necesitan enormes cantidades de energía para conseguir un planeta limpio.

No cabe engañarse, ni hacerlo con la física: “La única forma de reducir la entropía en un rincón del universo es aumentarla en otro lugar”. Y tampoco cultivar las fantasias ecoprogres que nos perpetraron el pasado 29 de abril un gran apagón: “la humanidad no puede vivir únicamentre con las energías renovables”.

Yerra al distorsionar el liberalismo: “Incluso los liberales más fanáticos defensores de un gobierno de mínimos no aceptarían dejar que la gente vertiera aguas residuales en cualquier sitio”. Los liberals no han aceptado eso jamás. Lo que hacen, en cambio, es recomendar la consideración a los derechos de propiedad, que pueden contribuir a resolver algunos de estos problemas de los bienes comunes, a difrente escala, como estudió Elinor Ostrom.

Hablando de soluciones, las que propone Vicente Padilla Gómez-Guillamón podrán suscitar dudas. Por ejemplo, las cuotas al consumo de energía. Es cierto que estos mecanismos se utilizan en algunos casos, como en el de la pesca, pero quizá convendría pensar en soluciones de mercado, en el sentido más amplio, es decir, libertad de suministro y enriquecimiento de los ciudadanos vía menores impuestos.

Sea ello como fuere, lo que provocará la indignación progre es el entusiasta respaldo de este volumen a la energía nuclear, “mucho más segura que los combustibles fósiles convencionales”. El autor es severo contra la cochambrosa bandera supuestamente ecológica que despotrica contra la energía nuclear, y afirma que quienes la esgrimen se dirigen a “un callejón sin salida”.