Es más fácil escribir sobre el dinero que analizarlo con precisión, con matices y desde todos los ángulos. El penúltimo ejemplo es Dinero: la fuerza que mueve el mundo, de David McWilliams, que publica Seix Barral. El autor, que escribe muy bien para ser un economista, fue funcionario del Banco Central de Irlanda, que no solo imprime dinero, sino también carácter.
La tesis del libro, como refleja su subtítulo en el original inglés, es presentar, nada menos, que “una historia de la humanidad”. Así, desde las más remotas raíces africanas hasta el bitcoin, McWilliams rastrea cómo las personas somos “plutófilas” y asociamos nuestro destino al dinero.
Este amplio repaso, con muchas referencias históricas, culturales, y anécdotas interesantes y divertidas, tiene además reflexiones económicas apreciables. Explica la potencia enriquecedora de la moneda y el papel crucial de la libertad como fuente del crecimiento de la economía y de la innovación monetaria.
Denuncia los abusos del poder político contra la Iglesia, como un muy endeudado Enrique VIII que aprovechó su conversión al protestantismo para saquear los monasterios católicos, o como los revolucionarios franceses, también deseosos de aumentar el gasto público, y que expropiaron los bienes eclesiásticos, igual que en España y otros países, con la excusa de asociar a la Iglesia con el Antiguo Régimen. Condena también a los falsificadores de moneda, como el Adamo que Dante envía al octavo círculo del infierno.
Sus análisis pueden ser tan tajantes como precisos: “todas las crisis financieras vienen después de períodos de tipos de interés bajos”.
Al mismo tiempo, sin embargo, tiene ideas torpes, como la distorsión del papel de España en la conquista, o la condena de toda forma de colonización, casi como si fueran ilustradas con el Congo Belga.
Sigue a Keynes despotricando contra el patrón oro y alabando acríticamente el dinero fiduciario, afirmando, pese a lo que apunta sobre los tipos de interés artificialmente reducidos, que gracias a la política monetaria sin ancla ni respaldo el crecimiento económico está más asegurado, mientras que las recesiones son más suaves y más breves.
Ataca a los que critican las políticas expansivas –alega que quienes protestan porque hay demasiado dinero es porque ya lo tienen– y demoniza a los bancos privados como si mandaran sobre los centrales, y les responsabiliza de las crisis y la desigualdad. Por fin, la culpa es de la gente, que no se entera, y el ciclo del crédito, que es “el elemento más inestable del dinero, no está gobernado tanto por la racionalidad económica como por la locura de las multitudes”. Los bancos centrales para McWilliams, y por eso señalé que imprimen carácter, no hacen nada malo, sino que resuelven lo malo que hacen otros. En fin.