Punto de partida del esperpento en la narrativa, Valle-Inclán publicó Tirano Banderas en 1926, con gran éxito, aunque los tilingos –irresistible el americanismo– de la Academia le reprocharon precisamente lo que tuvo de innovador, el “dominio exuberante del lenguaje”, que subrayó José María Paz Gago en ABC. Aunque don Ramón se inventa un país y unos personajes, es claro que se trata de México, que a Santos Banderas lo inspira Porfirio Díaz y a Roque Cepeda Francisco Madero. El autor admiraba tanto la revolución mexicana como la rusa, y creía que Lenin era un gran estadista.
No se presenta en el libro un programa socialista, pero su retórica sarcástica y grotesca indica las simpatías del autor. “El indio dueño de la tierra es una utopía de universitarios”, dice don Celes, el rico español. “Conformes”, asiente Banderas, y añade: “Por eso le decía que a los científicos hay que darles puestos fuera del país, adonde su talento no sea perjudicial para la República”.
El orador progresista, licenciado Sánchez Ocaña, habla de “escuchar las voces de las civilizaciones originarias de América”, se opone al catolicismo y la corrupción, “grilletes que nos mediatizan a una civilización en descrédito, egoísta y mendaz”, anhela que “revivan nuestras tradiciones de comunismo milenario en un futuro pleno de solidaridad humana” para “destruir la tiranía jurídica del capitalismo, piedra angular de los caducos Estados Europeos” y alcanzar “un fin único de fraternidad, limpias las almas del egoísmo que engendra el tuyo y el mío, superados los círculos de la avaricia y del robo”.
El Coronel-Licenciado López de Salamanca, inspector de Policía, resume ante Banderas el discurso de Ocaña: “Redención del indio. Comunismo precolombino. Marsellesa del mar Pacífico. Fraternidad de las razas amarillas. ¡Macanas!”.
La novela critica a criollos y a españoles, y a los empresarios nacionales y extranjeros, que pretenden “ley y orden” pero en realidad aspiran a explotar al pueblo y aprovecharse de las riquezas del país en contubernios con el poder. Se admira al indígena, como se ve en el caso de Zacarías.
Hay, empero, matices y una atmósfera compleja con un trasfondo liberal que apunta a la importancia de la limitación del poder. Banderas le dice al político del futuro, don Roque: “Usted se me representa como un iluminado, su fe en los destinos de la familia indígena me rememora al Padre Las Casas. Quiere usted aventar las sombras que han echado sobre el alma del indio trescientos años del régimen colonial”.
Por fin, no hay una idealización de los movimientos revolucionarios, y el final es más una cruda descripción de la decadencia del tirano criminal que un augurio de un futuro justo, pacífico, democrático y liberal.