He visto que algunos progresistas intentan recuperar fuerzas acusando a las empresas privadas y al capitalismo de la nueva tragedia ferroviaria –sin olvidarse de culpar a los trabajadores, algo indecente, como editorializó EXPANSIÓN–, podemos recordar que el anticapitalismo ha tenido siempre como resultado la dictadura política y la miseria económica. Como esto es irrefutable, los antiliberales se precipitan hacia la puerilidad.
Por ejemplo, sostienen que las atroces tiranías comunistas no fueron realmente comunistas, algo absurdo, porque todas practicaron las recetas del socialismo y quebrantaron la propiedad privada y los contratos voluntarios.
Otra variante es reconocer, de aquella manera, que el comunismo no estuvo del todo bien, pero que eso era antes, y que ahora, ahora sí, se podrá promover el comunismo sin sus anteriores consecuencias letales. Lo plantea Aaron Bastani en un libro que publica Levanta Fuego, titulado: Comunismo de lujo totalmente automatizado. Un manifiesto para un futuro de abundancia compartida, que he leído por recomendación de mi amiga, la doctora Elena Sendagorta Cudós. Va en la línea de Abundancia, de Klein y Thompson que critiqué hace unos meses en este rincón de EXPANSIÓN –https://bit.ly/4h1ruBJ.
Presenta una utopía que entronca con Marx, que aseguró que en el socialismo “correrían a chorros los ríos de riqueza colectiva” (La ideología alemana), y que solo se requeriría “expropiar a una minoría de usurpadores” (El Capital).
El problema es que todo lo que propone Bastani es el socialismo de toda la vida: “propiedad común… buena parte de la economía nacional será propiedad pública… progresiva socialización de los mercados financieros y de capitales”, eso sí, a escala municipal, cooperativa y autogestionada, para que no nos asustemos. También coincide con la vetusta táctica del socialismo de asegurar que el capitalismo no funciona y nos conduce al apocalipsis ecológico y al paro tecnológico masivo por la desaparición de la demanda. Y, por supuesto, lo peor es el “neoliberalismo… fundamentalismo del mercado”, etc., incluyendo el disparate de que el Estado ha sido debilitado.
Pero todos los males se resolverán en nuevo mundo feliz con justicia social y abundancia infinita de bienes, producidos gratis por la tecnología –socialista, claro.
Ahora bien, como es un lujo comunista, habrá que pagar: recupera el viejo impuesto sobre las transacciones financieras, y uno nuevo, glorioso y mundial: one planet tax, nada menos. Quiere servicios públicos universales, pero no la renta básica, porque es poca cosa, y hasta algunos malvados liberales la defienden.
Si usted desconfía de que ese paraíso “más allá del mercado y del beneficio” terminará en los acostumbrados genocidios comunistas, don Aaron nos tranquiliza. Asegura que lo malo de 1917 fue que no llegó a ser un comunismo de lujo porque se adelantó a su tiempo y le faltaba tecnología. En fin.