El filósofo estibador liberal

El pensador neoyorquino Eric Hoffer (1902-1983) fue durante más de dos décadas estibador en el puerto de San Francisco. Autodidacta, sus ideas tuvieron tanta influencia que en el año de su fallecimiento recibió la Medalla Presidencial de la Libertad de manos de Ronald Reagan.

Su primer libro, y el de mayor relevancia, fue publicado en 1951 bajo el título de El verdadero creyente: sobre el fanatismo y los movimientos sociales (Tecnos). Lo he leído por sabia recomendación de los profesores María Blanco y Alberto Mingardi.

En una línea parecida a la de Chesterton, que sostuvo que cuando la gente deja de creer en Dios puede creer en cualquier cosa, Hoffer apunta: “Aunque la nuestra es una era sin Dios, es lo opuesto a una era irreligiosa”. Por eso habla de la “religificación” o “el arte de convertir los propósitos prácticos en causas sagradas”.

El empobrecimiento del espíritu anima al “verdadero creyente” a sumarse a movimientos políticos y a radicalizarse: “Podemos tener una confianza limitada en nosotros mismos, pero la fe en nuestra nación, religión, raza o causa sagrada debe ser desmesurada e intransigente”.

Estas distorsiones son peligrosas para la libertad. No por casualidad Borges justificó así su afiliación al Partido Conservador: “es el único incapaz de suscitar fanatismo”. Esto es importante porque el liberalismo parecía incapaz de suscitarlo y hemos visto con el caso de Javier Milei y otros que sí puede hacerlo, lo que entraña riesgos que Eric Hoffer vislumbró: “Incluso los movimientos de masas que se levantan en nombre de la libertad contra un orden opresivo no aprecian la libertad una vez que se ponen en marcha… Los que más vitorean la libertad a menudo son infelices en la sociedad libre”. La noción clave es que lo que realmente importa a largo plazo no son los líderes mesiánicos ni las muchedumbres, porque la libertad individual solo puede emerger cuando el movimiento que supuestamente la propicia “deja atrás su etapa activa y se solidifica en un patrón de instituciones estables”.

Cautela, por tanto, ante todos los movimientos de masas –especial pero no exclusivamente los de carácter colectivista y totalitario– y su pueril urgencia de legitimarse mediante la divinización de los líderes, la anulación de los individuos, y la demonización de enemigos perversos. Cuando una misión japonesa visitó Alemania en los años treinta, uno de sus integrantes dijo sobre el nazismo: “Es magnífico. Ojalá pudiésemos tener algo así en Japón, pero es imposible porque no hay judíos”.

La clave del respeto al otro es un pueblo libre pero también responsable. Como recuerda Alberto Mingardi, la filosofía liberal del estibador Eric Hoffer plantea que Occidente prosperó porque registró la emergencia masiva de individuos autónomos.