Con todas sus limitaciones, Atenas es pionera en democracia y libertad. Gracias a mi viejo amigo, el doctor Prudencio Rodríguez Ramos, he podido leer a la profesora Sara Kells, de IE University, sobre: “Lo que la antigua Atenas nos enseña sobre el debate y la disidencia en la era de las redes sociales”.
Su tesis es que el ágora puede guiarnos en internet. Los atenienses decidían tras un debate “inclusivo y saludable”, pero con el ágora en las redes no hay democracia, sino algoritmos: “nuestro discurso está limitado por fuerzas que escapan a nuestro control, la participación igualitaria es prácticamente inalcanzable”. Hoy podemos hablar, “pero la oportunidad de ser escuchado es desigual”, y “sin normas que apoyen la igualdad de voz y fomenten la verdad, la libertad de expresión se vuelve vulnerable a la distorsión, la intimidación y la manipulación”. Necesitamos educación cívica, algo que los atenienses “entendían intuitivamente, porque su democracia se basaba en que los ciudadanos de a pie aprendieran a hablar como iguales y con integridad”.
Ahora bien, en los últimos dos siglos, desde Constant hasta Hayek, aprendimos a cuidarnos de la asimilación con los antiguos, cuya libertad estribaba en participar en el poder y no padecer un tirano; para los modernos, en cambio, como subrayó Constant, la libertad no consiste en participar en el poder sino en que ese poder no usurpe la libertad y los derechos individuales.
No había más libertad en Esparta que en Atenas. Aunque se han exagerado mucho sus diferencias, como denuncian los trabajos del profesor César Fornis, está claro que el colectivismo de los lacedemonios era más aplastante. Pero en la democracia ateniense los ciudadanos solo eran los hombres libres nacidos de padres atenienses: más del 80 por ciento de la población no tenía voz ni voto.
Ese problema se ha invertido en nuestro tiempo: ahora la democracia es que votamos todos, pero el Estado, como analizó Anthony de Jasay, ha adquirido una inédita legitimación de su coacción. Votamos cada vez más, pero elegimos cada vez menos. Tenemos más libertad de los antiguos y menos libertad de los modernos.
Y entonces vienen las redes, los biempensantes se alarman porque nos van a manejar, y reclaman a los gobernantes que las controlen, lo que éstos acometen con ridícula alacridad, como el “Hodio” de nuestros progres monclovitas –véase el editorial de EXPANSIÓN del pasado 12 de marzo.
Gracias a Dios, la tecnología abre un debate más inclusivo que el del ágora. La última muestra es que hemos conocido las recientes tropelías de la dictadura iraní porque, a pesar de que los ayatolás cerraron internet, no pudieron con Starlink, que Elon Musk estableció que para los persas fuera, además, gratis.