Gracias a Dios –siempre hay que dar gracias a Dios, pero sobre todo esta semana, con el Papa en España– la izquierda ha descubierto la seguridad. Emilio Delgado, político de Más Madrid, lamentó que “a la izquierda le cueste hablar de seguridad en algunos barrios”. Se desató la polémica en las redes. ¿Cómo osó enarbolar una bandera de derechas?
Una forma de abordar este asunto es la siguiente evidencia: Delgado no solo es políticamente sensato al plantearse disputar el terreno a sus adversarios conservadores, sino que se ha limitado a reconocer una clamorosa realidad que solo el dogmatismo se niega a contemplar: la seguridad es un problema para todos, y especialmente para las personas con menos recursos. Rafa Latorre escribió en El Mundo: “hace ya demasiado tiempo que la izquierda se ha especializado en señalar sobre qué temas no se puede ni discutir”, cuando lo que en verdad sucede es que la cuestión de la seguridad es uno “de esos postulados considerados reaccionarios [que] son verdades sencillas, al alcance de la más roma intuición”.
Sospecho, sin embargo, que este descubrimiento de la seguridad por parte de los progres representa una bendición aún más caudalosa. No se trata de que se puedan hacer de derechas. Los flujos e intercambios entre los que Hayek llamó “socialistas de todos los partidos” son cualquier cosa menos extraños. Hemos visto hace poco a un diputado de Vox plantear que el problema de la vivienda se resuelve persiguiendo a los ricos extranjeros y prohibiéndoles comprar casas —véase “Normalidad en Vox”, aquí: https://bit.ly/4sqtBDj.
El tema es, en realidad, mucho más relevante, porque puede desarbolar la arquitectura intelectual del pensamiento único.
Veamos la secuencia lógica una vez que la izquierda descubre la seguridad. El paso siguiente es detectar que la seguridad no puede fraccionarse. Si la seguridad física de las mujeres y los hombres ha de ser protegida frente a los asesinos, inevitablemente se deducirá que la seguridad jurídica ha de ser igualmente salvaguardada, y la propiedad privada defendida frente a los ladrones. Insistir en el valor de la propiedad privada arrastra al progresismo a terrenos pantanosos.
En efecto, si la izquierda impulsa la idea de que el poder político y legislativo debe vigilar que nadie viole nuestros derechos, no solo a la vida sino también a la propiedad, será difícil que después frene el natural desarrollo de esos derechos e ignore el rechazo de los ciudadanos a que sean violados por nadie, incluido ese mismo poder. El pueblo es celoso de cualquier incursión punitiva contra sus bienes, sus ahorros, su patrimonio.
Si la izquierda recorre ese camino, al final terminará descubriendo la libertad. Lo dicho. Siempre hay que dar gracias a Dios. Amén.