Progreso, libertad y dignidad

No es casual que la misma Iglesia Católica que tanto hizo por mejorar las condiciones materiales de vida de los indígenas americanos también se esforzara en dignificarlos como personas con derechos humanos. En efecto, el progreso material no justifica ninguna violencia servil, y menos aún la ennoblece.

La cuestión de la dignidad es central en el libro de William Easterly, Salvadores violentos, que subraya cómo el antiliberalismo occidental promovió el colonialismo, el desplazamiento coercitivo de la población y el trabajo forzado. Civilizadas naciones europeas cayeron en la perversa acumulación de riqueza sin límites morales, que llevó a saqueos y crímenes abominables como los cometidos en el Congo Belga. Easterly repasa esa historia truculenta del imperialismo, que dio paso a los grandes genocidios del totalitarismo del siglo XX: comunismo y nacionalsocialismo.

La tesis del libro es que no hay realmente progreso si no hay libertad, a pesar de las mejores intenciones civilizadoras de los países. Contrasta a dos premios Nobel de Literatura sobre el tema colonial: Kipling con su poema “The White Man’s Burden”, de 1899, y Rabindranath Tagore, que publicó “The Sunset of the Century” el año siguiente. El argumento de Tagore es la contrapartida del colonialismo, porque el centro de la cuestión estribaba en que en su “carga del hombre blanco” los británicos supuestamente benevolentes ignoraban a los indios.

El rechazo al colonialismo tuvo como resultado el aumento del apoyo al socialismo y al comunismo porque eran anticolonialistas, y, al menos al principio, los pueblos los apoyaron porque parecían preferir más a un dictador propio que a uno foráneo. Concluye Easterly: “Los liberales debieron enfrentar el antiliberalismo de los movimientos anticoloniales, que en parte era una reacción a que Occidente no reconoció el derecho de autodeterminación”.

Muchos economistas de Occidente, por su parte, retrocedieron en su liberalismo, y se impusieron visiones paternalistas del desarrollo al estilo de Rostow, combinándolas con programas políticos de la Guerra Fría, y rechazando a los liberales como Bauer y Friedman.

Sin embargo, finalmente cayó el Muro de Berlín y, ante el pánico antiliberal que se apresuró a declarar el fin del liberalismo (neoliberalismo, globalización, Consenso de Washington, etc.), lo cierto es que el liberalismo avanza, y se extiende la idea de que no hay jerarquías entre unas naciones que son mejores y deben desarrollar a las demás a la fuerza. Las mujeres y los hombres de los países pobres quieren comerciar para enriquecerse –Trade not aid. Y a dos siglos y medio de La riqueza de las naciones y de la independencia de EE UU se abre camino la idea de que la célebre frase “we, the people” marca un desarrollo liberal, porque en realidad ese “nosotros” nos incluye a todos.