Los más monstruosos genocidas -Stalin, Hitler, Mao- fueron admirados como progresistas que buscaban un mundo más justo y próspero para los más vulnerables. La cuestión es: ¿había forma de saber anticipadamente que el desenlace de estos antiliberales iba a ser el derramamiento de torrentes de sangre? La inquietante conclusión es que sí podría haberse previsto, porque todos ellos eran salvadores violentos.
Y es una conclusión aún más desoladora de lo que parece, porque esa actitud de los más devastadores criminales era en cierto modo compartida incluso por bienintencionados que creían estar defendiendo el desarrollo económico y el capitalismo. De ahí la importancia del reciente libro de William Easterly: Violent Saviors. The West, the Rest, and Capitalism Without Consent, Londres: Basic Books, 2025.
La tesis del libro es que la clave del liberalismo, del mercado y del capitalismo, es el consenso, la búsqueda pacífica del propio interés en armonía con el interés ajeno, y es lo que separa a una minoría de liberales de la muchedumbre que está dispuesta a sacrificar el consenso en aras de otros valores, como el progreso.
Y desde los albores del liberalismo hubo destacadas figuras que “tenían dificultades para resistirse a desempeñar un papel paternalista en la ayuda a los oprimidos”. Easterly rechaza el paternalismo, apunta que por regla general ningún adulto quiere ser tratado como un niño, y añade con humor: “mi experiencia como padre y abuelo me hace pensar que ni siquiera a los niños les gusta ser tratados como niños”.
Ya a finales del siglo XVIII el marqués de Condorcet pensó, como pensarían muchos hasta nuestros días, que Occidente debía desarrollar a los pobres, de su territorio y del resto del mundo. Easterly lo compara desfavorablemente con Adam Smith, que apostaba más por el libre comercio y era más desconfiado en los supuestos expertos europeos que, alejados de los viejos imperios mercantilistas preilustrados, ayudarían a los demás a ser libres y ricos: “les enseñaremos sus intereses y sus derechos”, decía Condorcet, y todo iría bien en una “cadena irrompible de verdad, felicidad y virtud”. Isaiah Berlin hablaría de esta cadena como de “una de las raíces de las ideologías totalitarias del siglo XX”, lamentándolo, porque Condorcet había sido “uno de los mejores hombres que habían vivido”.
Condorcet llegó a aceptar la violencia de los revolucionarios franceses, porque había que obedecer “la razón colectiva del mayor número”. Finalmente condenó la represión de los moderados y la censura de la prensa, por lo que fue denunciado, perseguido y detenido. Murió en la cárcel en extrañas circunstancias en 1794.
Su tiempo, empero, fue uno de avances liberales que durarían hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando volvió a florecer la idea de que las naciones adelantadas deben hacer progresar al resto a la fuerza.