El odio progresista

Muestra de la falsa superioridad de la izquierda es la politización de la ética. La podemos ver en la proliferación legislativa en torno a los llamados delitos de odio. Se presenta el caso, como siempre, en plan redentor incuestionable: ¿quién se opondrá a frenar el odio? Pero en realidad de lo que se trata es de ingeniería social, es decir, de organizar la sociedad mediante la coerción política y legislativa, asumiendo el poder el papel ético supremo, con lo que está autorizado y justificado para violar cualquiera de nuestros derechos, por nuestro bien.

No es, por supuesto, un fenómeno nuevo ni español, aunque sí es cierto que su auge nacional e internacional es relativamente reciente. Como dice Jacob Mchangama, profesor de la Universidad de Copenhague, hubo originalmente bastantes reservas a la hora de abordar y generalizar estos delitos: “Los países de Europa y Estados Unidos compartían la idea de que los derechos humanos deben proteger la libertad de expresión, y no limitarla”.

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