Borges y el Congreso

Escrito a las 8:49 am

El profesor Martín Krause, en la Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana, recordó el cuento de Borges titulado “El Congreso”, sobre el hacendado uruguayo Alejandro Glencoe, que, al no poder entrar en el parlamento de su país, “se enconó y resolvió fundar otro Congreso de más vastos alcances…un Congreso del Mundo que representaría a todos los hombres de todas las naciones”. Los problemas fueron patentes, desde el principio.

Este es un párrafo célebre: “Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los orientales y también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelanda?”.

La idea es finalmente abandonada. Dice Glencoe: “Cuatro años he tardado en comprender lo que les digo ahora. La empresa que hemos acometido es tan vasta que abarca —ahora lo sé— el mundo entero. No es unos cuantos charlatanes que aturden en los galpones de una estancia perdida. El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. No hay un lugar en que no esté”.

La opinión de Borges sobre la democracia es bien conocida: “Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística”. Le interesaban más las personas que los gobernantes. “Vamos a suponer que hubiera una república en Inglaterra o que hubiera una monarquía en Suiza: no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma. De modo que no creo que una forma de gobierno determinada sea una especie de panacea. Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos”.

Al revés que García Márquez, Neruda, Saramago y otros que apoyaron atroces dictaduras comunistas, el respaldo de Borges a Pinochet le privó del premio Nobel de Literatura. Cuando le nombraron doctor honoris causa por la Universidad de Chile en 1976, recibió una llamada desde Estocolmo, advirtiéndole que, si acudía a recibirlo, entonces no iba a ganar el Nobel. Esta fue su respuesta: “Mire, señor: yo le agradezco su amabilidad, pero después de lo que usted acaba de decirme mi deber es ir a Chile. Hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornos o dejarse sobornar. Muchas gracias, buenos días.”

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Un comentario

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Jorge Luis Borges es un personaje muy interesante y digno de ser citado. A pesar de que, si no me equivoco, necesitó del amparo del poder para sobrevivir, lo cual, si estoy en lo cierto, no dice mucho en favor de él en particular ni en general de otros grandes hombres que con toda su grandeza han tenido que depender de inferiores, y no hace falta sino ver cómo muchos escritores, incluso importantes, han tenido que estar, como suelen seguir estándolo si no en todos los casos sí por lo general, bajo la férula de sus respectivos editores, o sea, hasta por debajo de los editores. Eso me parece a mí una ironía del destino: “sí: tú eres muy inteligente y muy artista y un tío muy estupendo y todo lo que tú quieras, pero si yo no quiero, no comes”. Algo falla, pues. Igual es que sobran los escritores o algo, y todos deberían ser (o deberíamos, porque yo también pertenezco un poco a ese sector social de los supuestamente egregios nada supuestamente muertos de hambre) de los que no necesitan decir que son del todo indignos de opinar o que tal vez me sea perdonado el atrevimiento de hacerlo con sumo cuidado de no ir demasiado lejos, o sea, timorato a más no poder porque poderoso caballero es don dinero y si no tienes dinero, pon el culo por candelero. Hombre, el gesto de pasar del Nobel, le honra, pero qué quiere usted: tampoco habría sido criticable, en mi modesta opinión, el que lo aceptara, porque de todas formas, se ponga como se ponga, un espíritu completamente libre está muy difícil que lo sea alguien que se dedica a un oficio de hambrientos llamado actividad cultural, y añadido a eso tampoco está muy claro que no sea un acto de indignidad permitir que otro más lameculos se lleve el premio. La cultura sencillamente es que no interesa apenas, y no tiene por tanto venta suficiente, en la inmensa mayoría de los casos, para dar de comer, por lo que se hace necesario, dada la enorme cantidad de tiempo que exige su producción y lo incompatible con la vida laboral en el sector privado que resulta, ser dependiente de papá Estado. Pocos escritores se podrán permitir el lujo de no serlo, si es que hay alguno. Recuerdo que el poeta Joan Perucho contaba en una entrevista antiquísima que su padre le decía: “hijo mío, si quieres ser poeta, no digo que no, pero sácate primero un trabajo de juez, un trabajo seguro que te dé de comer y te quite de preocupaciones”, y así lo hizo, gracias a lo cual, en vez de haber tenido que empeñar hasta las pestañas para sobrevivir, hasta se pudo permitir el lujo de coleccionar incunables. En cualquier caso, el gran Borges tenía grandes muestras del menos común de los sentidos, como dicen que es el sentido común, una infrecuente cosa que también tenía su compatriota Ernesto Sábato. Tampoco es que haga falta tanto, aunque nadie lo diría, para darse cuenta de que lo importante no son los sistemas de gobierno, sino las personas, tanto los gobernantes como los gobernados, de tal forma que puede darse tanto una buena dictadura como una mala democracia en función de cómo sean sus gentes componentes. Según esto, todo para el buen gobierno y la vida general en justicia y libertad se resolvería con el suficiente cambio a mejor de la gente que lo imposibilite, pero no me consta que nadie haya explicado nunca, tampoco Borges por cierto, cómo se consigue eso. A lo mejor porque es imposible.

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